El carnicero también tiene días de película
Algunos días el mostrador parece una comedia costumbrista.
Quien piense que una carnicería es solo cortar, pesar y cobrar, no ha pasado suficientes horas detrás de un mostrador.
Hay días normales. Y luego están los días de película.
El cliente que cambia tres veces de opinión. La señora que cuenta media vida mientras espera el pollo. El niño que pregunta si el chorizo nace así. El cliente que pide “eso de ahí” señalando todo menos lo que quiere. Y el clásico que llega justo cuando acabas de limpiar.
El oficio tiene dureza, sí. Madrugones, frío, peso, cuchillos y presión. Pero también tiene momentos que te hacen reír por dentro.
La carnicería es un pequeño teatro de barrio. Cada cliente entra con su historia, su frase y su manera de comprar.
Y el carnicero, además de cortar bien, aprende a observar.
Porque detrás del mostrador se ven cosas que no salen en ningún manual.
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