El cliente que siempre tiene prisa… hasta que le toca pagar
Entra corriendo, pide rápido, pero revisa el ticket como si fuera Hacienda.
En toda carnicería existe ese cliente que entra con cara de emergencia nacional. Mira el reloj, suspira, dice “voy con mucha prisa” y te pide que cortes, peses y prepares todo a velocidad de Fórmula 1.
Hasta ahí, perfecto. El carnicero acelera, afila la mente, mueve las manos y deja la compra lista en tiempo récord.
Pero entonces llega el momento de pagar.
Y de repente, la prisa desaparece.
Empieza a revisar el ticket, pregunta cada precio, busca la tarjeta, cambia de monedero, recuerda que quería otra cosa y remata con: “espera, ¿me puedes poner también un poquito de picada?”.
El mostrador enseña paciencia. Mucha.
Porque en carnicería no solo se corta carne. También se aprende a respirar hondo, sonreír y entender que cada cliente tiene su ritmo… aunque ese ritmo cambie justo cuando llega la caja.
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